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Unamuno: Ánimo mostrenco

Actualizado: 6 dic 2022


Dedicado a Don Manuel Prada Borreguero


Estamos leyendo -ocios de publicista a media dieta -- el tratado que Aristótes les escribió- sobre la Constitución de Atenas y que sir Frederic Kenyon publicó por primera vez en enero de 1891.


Al final de su capitulo VIII, y explicando las leyes de Solón, dice Aristóteles: "Viendo a la ciudad dividida muchas veces en discordias civiles y a algunos de los ciudadanos conformándose por indolencia, con el azar de los sucesos, estableció (Solón) una ley contra ellos de que quien, dividida la ciudad, no ponga las armas ni con unos ni con otros, sea privado de derechos de ciudadanía y no participe de ésta".


Ley que establecía la obligación civil de tomar partido en la política.

Y tomar partido en la política es formar en partido político.

Sin partidos políticos, como sin opinión pública politica, no es posible gobernar, normalmente.

Lo que no es un gobierno político no es propiamente gobierno.

Ni se concibe gobierno apolítico o neutral.


Pero hay algo peor que un supuesto gobierno apolítico —que suele ser gobierno supuesto apolítico— y es un gobierno de concentración heterogéneo.

Aquello, por ejemplo, que de hace medio, año hacia atrás, en el que se ha dado en llamar —mal llamado— el antiguo régimen, se decía gobiernos nacionales; aquellos desdichados pistos que solía prestarse a presidir el infausto Maura para poder decir luégo que no había gobernado con ellos.

Ni era posible gobernar con aquellos engendros en que se pretendía rellenar el vacío de idealidad concreta política con lo que por llamarle de algún modo se llamaba patriotismo.

Palabra terrible que ha solido servirnos para encubrir la oquedad de pensamiento y de propósito.

Porque el nudo patriotismo, el patriotismo sin más, horro y huero de contenido político, no es cosa que sirva para gobernar.

Es como la voluntad pura.

La pura voluntad, la voluntad no revestida de idea, que le da finalidad, no es ni buena ni mala.

Ni es voluntad siquiera.

La libertad del libre albedrío la da la idea.

Y de aquí que sólo el inteligente es libre.


¿Acallar las discordias civiles?

¡Todo lo contrario !

Sólo ellas hacen la grandeza de la patria.

O mejor, sólo hay patria donde hay opinión pública, política.

Y no puede haber opinión pública política donde hay discordia.

La orlodoxia, y más si es obra de la Inquisición, es la muerte de la fe.

Creemos que ya, después de lo que viene pasando desde mediados del último septiembre, no serán posibles en España aquellos pistos ministeriales a que se llamaba, gobiernos nacionales.

Y en que el llamado nacionalismo encubra la falta de civilidad.

No, en cuanto pase este interregno, esta interinidad, esta tregua, o si se quiere este armisticio político, sólo serán posibles los gobiernos homogéneos y fuertemente homogéneos —idiogéneos se diría— los gobiernos de bien marcada orientación política.

Y volverá, ¡Vaya si volverá!, el viejo, no el viejo, sino el eterno liberalismo, el de hace un siglo, el glorioso constitucionalismo de tiempos de Riego.

Que no ha sido, que no ha podido ser superado aún.

Lo que hay qué hacer es repristinarlo, devolverle su antiguo espíritu, aquel espíritu que se le quitó en 1876. Porque en 1876 se ahogó, mixtificándolo al liberalismo español.

Aquel liberalismo sagastino a que acabó rindiéndose Castelar era un embuste.

Y de embustes no pueden vivir ni la libertad ni la patria.

Ni hay que conformarse, por indolencia, con el azar de los sucesos.

Hay sucesos consumados, pero no por eso se les puede llamar hechos.

Un suceso no es, sin más, un hecho.

Lo que sucedió no puede menos de haber sucedido, pero un hecho se deshace.

Sólo son irrevocables los sucesos, pero los hechos no.

Y no todo suceso, repetimos, constituye un hecho.

Suceder no es hacer.

Como no tomemos este sutil concepto de hacer en el sentido que se le da en frases vulgares, como la de «hace buen tiempo», o «hace frío», o «hace mucho tiempo que ocurrió eso».

Pero en el sentido espiritual y humano de hacer no cualquier suceder es un hacimiento.


La civilización, la cultura, la libertad, la justicia sólo viven por la política y con la política, y la política no vive sino, de las discordias civiles y gracias a ellas.

Solón veía claro.

¿Y si hay unanimidad en un pueblo?

¿Unanimidad?

La unanimidad soló es posible entre imbéciles; es decir, entre gentes que no tienen ánimo.

Porque un ánimo mostrenco no es tal ánimo.

Es inanimado o exánime.





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