Corrupción judicial y TEC
- Luis de Miguel Ortega

- hace 7 horas
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16.000 euros cuesta un tratamiento de Terapia Electro Convulsiva (TEC) en la sanidad pública española (yo siempre le digo la “santidad pública” por razones obvias). Son distintas sesiones programadas en las que un profesional sádico disfrazado de médico (psiquiatra), aplica descargas eléctricas sin ton ni son en el cerebro del paciente (casi siempre involuntario y a la fuerza o mediante engaños), con absoluta conciencia de futilidad y ánimo de lucro y notoriedad. La población no es consciente de la dimensión del abuso psiquiátrico y por eso, nos preocupamos por cuestiones mucho más discretas.
70.000 son el número aproximado de internamientos involuntarios al año en este santo país, es decir que 210 seres humanos, son privados sin garantías de sus derechos fundamentales cada día con la aquiescencia de una maquinaria inquisitorial formada por jueces, fiscales, forenses y psiquiatras. Parece incongruente decir “sin garantías” cuando están por medio jueces y fiscales, pero lo cierto es que dichos internamientos se autorizan mediante procedimientos automáticos y sumarísimos en los que el afectado, nunca es escuchado en condiciones idóneas y carece de representación y defensa procesal. Cosas de la comodidad y el ahorro. Asignar abogado y procurador a los pacientes psiquiátricos, supondría un coste económico al Ministerio de Justicia de más o menos 30 millones de euros. Esto es lo que se ahorra el Estado con las detenciones psiquiátricas ilegales que son validadas por los jueces.
El estado de derecho, que siempre ha abanderado la idea de “más vale que un culpable esté la calle que un inocente sea condenado” cuando se trata de “enfermos” “mentales”, prefiere más el abuso sistemático que el derecho, prefiere la fuerza a la ley. En 2021, la legislación española en materia de capacidad de las personas, fue modificada para evitar el odor de la palabra “tutela”, pero en el fondo el abuso sigue igual. La tutela es una institución inmemorial que existe desde los romanos y que es útil para sustituir la capacidad de las personas que no se encuentran en condiciones de valerse por sí mismos. Avanzamos con esa reforma, que la realidad no cambiaba y mediante la que se abría la posibilidad de un abuso mucho más sistemático que nada tenía que ver con las palabras.
Tutela es cuando el tutor, sustituye la capacidad y la decisión de su pupilo completamente.
Curatela es cuando el curador, complementa la capacidad y las decisiones de otra persona, pero no lo anula.
Pues bien, cuando un adulto se cae de un tejado y está en coma, poco podemos completar su capacidad para tomar decisiones, y en ese caso, se necesita una tutela. En España, ahora nos hemos vuelto muy finos, y prohibimos la tutela y a todo lo llamamos curatela… pero seguimos sin escuchar a las personas con discapacidad. El curador, se convierte en una suerte de policía casero que obliga a la persona con discapacidad a cumplir los que es políticamente correcto. Y así el curador, está obligado a obligar al discapaz a vacunarse, a tomarse toda la medicación ordenada o a darse electroshocks. Si el curador no cumple con las obligaciones que le pone el psiquiatra o el juez, podrá ser denunciado por “abandono de familia” y sometido a penas de cualquier tipo.
Todo esto podría sonar a exagerado ya que está bajo supervisión judicial, pero las cifras nos cuentan una realidad distinta. 70.000 internamientos involuntarios al año, 210 cada día, implican una maquinaria tan desproporcionada como irracional. Un acto mecánico del que miles de personas en España no pueden defenderse. Eres un paciente psiquiátrico y tu seguridad jurídica y tus derechos fundamentales terminan con el diagnóstico o mucho peor, con el reconocimiento de discapacidad y la pensión.
Como digo, las cifras hablan por sí mismas.
El juzgado de instancia nº 11 de Málaga, gestiona cada año 2.245 internamientos involuntarios. Un solo juez, autoriza 2.245 internamientos involuntarios. Y esto ocurre porque no se hace publicidad de ello, pero nadie en su sano juicio, concursaría a una oposición donde podrías ocupar un puesto de trabajo que privaría de libertad sin garantías a 2.245 personas cada año. Por si pasa desapercibido… son 6 personas cada día.
Si eliminamos los fines de semana este “Juez”, priva de libertad sin garantías a 9`3 personas.
Cada día.
De lunes a viernes.
Todos los días del año.
Llega el fax o el correo electrónico del psiquiatra.
El juez programa una entrevista con el paciente.
Para cuando el juez conecta por internet, el paciente ya está drogado, babeando e incoherente.
El forense, sin ver al paciente, habrá firmado un informe que repite palabra por palabra lo que ha puesto el psiquiatra.
El fiscal, se limitará a validar la interesada versión del psiquiatra y la corporativizada versión del forense, porque el fiscal, “no sabe de eso y se fía de especialistas”.
Todo para un único fin: proteger a la sociedad de los locos…
70.000 internamientos al año.
Si analizamos el dato y los tiempos, en caso de que el Juez del Juzgado de Instancia n.º 11 de Málaga, no tuviese más asuntos en el juzgado que los internamientos y, asumiendo (que es mucho asumir) que cumple con sus 7 horas de trabajo… tenemos que a cada internamiento, le dedica 45 minutos. Sin pausas. Sin café. Sin consultas. Entrevista por zoom incluida.
Evidentemente, no todos los casos son como los del juez de Málaga. Es el caso más exagerado. En Madrid, los juzgados de la psiquiátrica inquisición llevan un ritmo entre 1600 y 2000 internamientos al año cada uno; en Valencia 1100 y en Las Palmas de Gran Canaria 950 internamientos al año por cada juez.
Dependerá de que estos jueces atiendan otras causas además de los internamientos, que el juez dedique más o menos tiempo a garantizar el derecho de los internados. Probablemente, algunos juzgados entre internamiento e internamiento, gestionen alguna que otra herencia o desahucio… y no sé qué es peor.
Sea como fuere, junto al Juez, está el fiscal que no sabe de psiquiatría y que debe apoyar a los funcionarios de la “santidad pública” y a los forenses porque se presume su imparcialidad y su capacidad técnica.
Pero supongamos tres casos…
A) El caso A, se refiere al psiquiatra que no consigue descubrir el tratamiento adecuado de un paciente. Él no puede quedar como un inútil ni como un fracasado. Culpa al paciente. Culpa a la familia. Culpa a cualquiera menos a sí mismo. Quiere experimentar. Jugar con otras alternativas. El electroshock. Someter al paciente y su química cerebral a un plan. Solo tiene que enviar un correo electrónico y ya tiene al paciente sometido con quien jugar. El paciente no tendrá derecho a defenderse.
B) El caso B, se refiere a una paciente que está buena. El psiquiatra se ha insinuado. Le ha propuesto ir a la privada con él. Le ha prometido una vida mejor. La paciente se resiste, se niega y al primer toqueteo, amenaza al psiquiatra… En 24 horas la paciente estará atada a una cama sin ninguna posibilidad de defensa. Esa semana, recibirá su primera sesión de electroshock. A la vuelta de un mes, nadie podrá distinguir entre los recuerdos y la fantasía.
C) El caso C, podría bien ser el de un rebelde. Harto de la vida y del control social. No admite normas ni órdenes. Lo atiende la Psiquiatra Maripili que fuma marihuana y toma lexatin a puñados. Tiene un hijo 10 años más joven pero con el mismo carácter. Tiene miedo. No quiere que el loco se parezca tanto a su hijo. No quiere que su hijo se parezca al loco. Tiene que cortar esa locura como sea. Su hijo, no puede desobedecer ni ser maleducado. Su hijo tampoco. No puede medicar a su hijo, pero puede medicar al tarado. Hay que someterlo para que no terminen pareciéndose… Hoy el paciente ha sido grosero y un poco amenazante. Le cambio el tratamiento. Sé que se desestabilizará en un par de días antes de la siguiente consulta. Venga o no venga a la siguiente consulta, podrá ingresarlo a la fuerza y someterlo por mero placer sádico, porque realmente, no es su hijo aunque se le parezca.
Y esto… ocurre 72.000 veces cada año. En España. La indefensión absoluta.
Uno de los grandes horrores judiciales, ha sido atribuir a procedimientos civiles, las cuestiones que tienen que ver con la discapacidad y los menores. Las cartas están marcadas. El juez se pone de un lado y pierde la imparcialidad. Se obliga al más débil a defenderse sin armas, o lo que es peor, asumir una prueba diabólica típica de la Inquisición: "demuestre que no está loco o poseído".
El electroshock
El electroshock es una técnica que surge de la absurda creencia psiquiátrica de que un trauma puede suavizar el carácter y hacer a un persona más dócil. No podemos detenernos en la historia de la inquisición y la psiquiatría (tan, pero tan parecidas), pero en base a esta creencia absurda, se probó con la lobotomía (introducir un punzón de hierro por la nariz y rompiendo la barrera ósea, lesionar directamente el encéfalo), las duchas heladas, insulinoterapia (producir un coma inyectando insulina), los barbitúricos (coma de nuevo), y por último la descarga eléctrica. Unos psiquiatras italianos observaron que para matar cerdos de grandes dimensiones, los matarifes daban una descarga eléctrica al cerdo antes de sacrificarlo. El cerdo no moría por la descarga pero se volvía arreactivo e inofensivo. Pensaron que podría ser una buena idea utilizar con los pacientes mentales, las mismas descargas que se le daban a los cerdos. Base científica: ninguna. Base empírica: ninguna. Evidencia lógica: ninguna. Seguridad: ninguna. Y así empezó el electroshock. Total, los jueces autorizan…
En un primer lugar, el experimento no parecía resultar tan malo. Las convulsiones dejaban al paciente agotado, y después del agotamiento la debilidad. Y después de la experiencia, el deseo de no volver a vivir aquello. “¿Qué tal le ha ido?” -preguntaría el psiquiatra-. “Bien doctor. Me encuentro mucho mejor” -diría el paciente para evitar otra sesión-. Todo parecía prometer salvo porque algunas personas, con las descargas, tenían unas contracciones tan fuertes que se les rompían las muelas. Algunas tuvieron otra suerte de fracturas óseas y algunos tuvieron fracturas en la columna vertebral quedando con graves lesiones para toda la vida. Lo malo no era solo eso, sino que no existía una forma de calcular la dosis de corriente, la intensidad de las convulsiones y la seguridad del paciente. Cada paciente: un mundo.
La técnica cayó en desuso. Era demasiado peligrosa. Hasta que a alguien se le ocurrió inyectar un veneno paralizante: el curare. El curare es un veneno paralizante que usaban algunos indígenas en el amazonas para cazar. Lanzaban un dardo envenenado a los animales de la jungla, quedaban instantáneamente paralizados y caían al suelo sin poder defenderse. Este veneno se aisló y se empleaba en las operaciones quirúrgicas para evitar las respuestas automáticas al dolor. Los anestesistas inyectan el veneno paralizante y así el paciente no se puede mover en la operación. Sus músculos no pueden funcionar… aunque estuviese despierto. Y esto es lo que hicieron en la segunda fase del electroshock, sedar al paciente y paralizarlo. Con ello añadieron los riesgos de la anestesia pero eliminaron los riesgos de las contracciones violentas por la descarga eléctrica. Surge entonces otro problema y es que los resultados son muy pobres. La técnica no parece dar los resultados que daba antes. Probablemente muchos resultados que se obtenían sin anestesia, se debían a un efecto de aversión (“voy a decir que estoy curado y así no tendré que pasar por ello otra vez”). Al realizarse la técnica bajo anestesia, el efecto de aversión, no se daba. Los psiquiatras hinchados de ciencia, creyeron que la falta de resultados era porque el cerebro estaba dormido por la anestesia y que esa baja actividad cerebral, de alguna manera impedía a la electricidad alcanzar su meta.
En la tercera fase del electroshock, en la que estamos ahora, a la descarga eléctrica, la anestesia y el veneno paralizante, se le añade un estimulante: la cafeína. Se da una dosis de cafeína para estimular el cerebro y así por arte de magia, la electricidad obrará el milagro frente a un cerebro hiper estimulado con cafeína. Una dosis de 300 miligramos o de 500 podría funcionar. ¿Es mucha cantidad? A quién le importa lo que puede pasar al dar esa cantidad a un paciente. Un café “de máquina” tiene al rededor de 30 mg de cafeína, lo que quiere decir que a cada paciente se le da entre 10 y 17 cafés antes de la sesión, sin demasiada explicación.
El marketing sanitario todo lo puede y ha sido capaz de blanquear lo que la mayor parte de la gente creía que era una cosa del pasado. Y de la misma manera que en España se esteriliza a incapaces (más de 100 al año) para garantizar sus “derechos sexuales”, la industria del calambre no se ha quedado atrás para beneficio de no pocos médicos de la sanidad pública.
En España existen 122 unidades de TEC que atienden a una media de 3100 pacientes al año, a los que se da distintas sesiones a lo largo del año, lo que significa 13 nuevos pacientes cada día.
En la sanidad pseudoprivada de la Cataluña del PSOE se electrocuta a 900 pacientes al año con varias sesiones por paciente, mientras que en la Comunidad de Madrid del PP 500 pacientes...con una media de 12 – 16 sesiones por paciente, es decir, el negocio de electrocutar, funciona en España con no menos de 37.000 electrocuciones.
El coste de cada ejecución, es de media de unos 150 euros por sesión (más gastos de hospitalización), lo que implica unos 6 millones de euros al año solo en la aplicación de la técnica.
Por redondear las cifras, 12 sesiones de electrocución, cuestan 1.800 euros , a lo que hay que sumar los costes de hospitalización y que llegan a 16.000 euros por tratamiento estándar de 12 a 16 sesiones.
¿Qué dosis hay que dar para cumplir el protocolo?
Habitualmente en el consentimiento informado escrito que se da a los pacientes se omite esta información, porque el psiquiatra y los funcionarios de la sanidad en su infinita bondad, no desean preocupar a un ser inútil e incapaz de entender y prefieren hacerlo, viciando el consentimiento.
Las preguntas son:
¿Hay una técnica de electroshock o hay varias técnicas?
Pues realmente cada maestrillo tiene su librillo que lo va cambiando según le place y así existen técnicas de descarga unilateral y bilateral a libre elección del electrocutador.
¿Y en qué intensidad? No hay una respuesta tranquilizadora porque como hemos descrito, cada cuerpo conduce de manera diferente la electricidad. El electrocutador, conecta los electrodos y va subiendo la intensidad hasta que se produce una crisis convulsiva que dura 15 segundos. Si dura 12, no vale, se vuelve a repetir hasta que llega a los 15 segundos de crisis convulsiva.
¿Por qué 15 segundos y no 12 o 20? no te lo explicarán. Tiene que ser 15 porque la ciencia lo ha querido. Una vez que se ha determinado la dosis umbral de cada concreto paciente, se le dan tres descargas consecutivas
¿Por qué tres y no 2 o 5? porque es así para comprobar la descarga básica.
¿El psiquiatra podría darme descargas de 30 segundos y cinco seguidas a su criterio? Nada se lo impide.
Una vez determinada la descarga básica, se inicia la descarga terapéutica que consiste en aplicar una intensidad que sería el resultado de multiplicar la descarga básica por 1’5 a 2’5 si se emplea la técnica bilateral y por 4 a 6 veces si se emplea la unilateral… es decir, esa descarga que es capaz de provocar una convulsión de 15 segundos, se multiplica por hasta seis veces… y así entre 12 y 16 sesiones por paciente.
Si hay variaciones del ph corporal o del grado de hidratación, el psiquiatra ejecutor, no variará la descarga porque no le importa nada y dará al paciente su merecido ya establecido entre 80 y 1152 miliCulombios.
¿Por qué la carga de mide en miliculombios y no en otras unidades más conocidas como voltios, amperios o julios? Porque eso imposibilita que los pacientes conozcan lo que se les aplica y comparar, por mucho que las fichas técnicas muestran los datos en miliamperios.
Una “caja de toques” como las que vemos por las calles de México en fiestas y ferias, da descargas de 15 miliamperios y 14 voltios (si agarras los electrodos con las manos, te obliga a soltar por el dolor).
Los equipos descargan hasta 1100 miliculombios y 199 julios. Una descarga de 100 julios es potencialmente peligrosa para el cuerpo humano.
En cualquier caso ¿el objetivo es lesionar el cerebro hasta que dejen de aparecer los “síntomas psiquiátricos”?
Y una pregunta aun más inquietante ¿por qué se considera que la pena de muerte mediante descargas eléctricas supone un trato degradante que debe ser prohibido…?
Y más aún ¿Cuál es la electrocinética? (por donde se mueve la electricidad y como entra donde debe entrar para producir sus efectos)
¿Cuál es la electrodinamia? (qué efectos tiene la descarga en la fisiología neuronal)
Hay consenso en la aplicación y la seguridad pero no hay consenso en el funcionamiento, las contraindicaciones y los riesgos… ¿cómo es posible?
No se sabe cómo actúa, no se conoce el efecto de la carga, no existe ninguna base científica sino mero empirismo, es un tratamiento a ciegas, experimental, inmoral y degradante que solo se emplea por dos motivos:
1) Es parte del negocio de la coerción psiquiátrica y pueden aplicarlo mediante engaño o fuerza.
2) Jueces y fiscales eluden su obligación y facilitan el abuso psiquiátrico por mera conveniencia.
Ciencia




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